Cuando la culpa se cronifica en un sentimiento de culpabilidad, nos paraliza en la relación con nuestros hijos.

Unos hijos muy esperados

Lo recordaré siempre. Una niña pequeña con coletas y un niño todavía más pequeño que entraban en la sala. Y mi marido y yo … incrédulos.

¡Eran ellos!

Mis hijos, tan esperados, habían llegado.

Y llegaba el momento de conocernos. Después, de convivir.

Y en el proceso de convivir, en el de enseñarles a obedecer.

En el momento de escribir esto, ¡lo veo tan diferente! Pero entonces estaba convencida de que mis hijos tenían que aprender a hacer lo que yo les dijera

Una creencia toma el control

Y, de alguna manera este objetivo, que hicieran lo que les decía, se puso, en mi mente, por delante de ellos.

Y cuando no me hacían caso, especialmente cuando protestaban enérgicamente, yo me enfadaba.

Y a veces perdía los nervios.

Y después … me sentía culpable.

Y me decía … «No volveré a gritar»

Con suerte, tardaba dos días. Y el tercero … ¡ya volvía a las andadas!

Y la culpa se acumulaba … se convertía en culpabilidad.

Pasaron así años, en que los gritos en casa fueron frecuentes.

De generación en generación

Los míos eran unos gritos que habían pasado de generación en generación, de madres y padres, hijas e hijos, hasta llegar hasta mí.

Cuando tomé conciencia de ello, inicié un trabajo interior que me llevó, con el tiempo, a estar aquí, escribiéndote estas líneas con el deseo íntimo de servirte.

Pero los gritos ya habían hecho su propio salto generacional. Un día, mi hija me gritó… y bien fuerte. Bien, bien fuerte, ya que … ¡había tenido una buena maestra!

¿Y qué hice yo?

Una parálisis inesperada

Me quedé, digamos, parada.

Porque me vino a la cabeza las veces que yo la había gritado, cuando ella era más pequeña.

Me sentí culpable de su grito.

Y me quedé paralizada, sin saber cómo responder.

Te diré que incluso llegué a sentir que me lo merecía.

Y ¿qué hice? Me di media vuelta y marché.

Y, por supuesto, me quedé insatisfecha. Porque es cierto que gritar no es una manera apropiada de comunicarse. Y yo no le había podido hacer llegar el mensaje.

Yo aún no lo sabía, pero en aquellos momentos yo todavía estaba en las garras de la culpabilidad.

Unas garras que te atrapan, te frenan y, de rebote, frenan a tu hijo.

Te lo explico con más detalle en:

¡Pasa a la acción!

Si después de ver el vídeo o escuchar el podcast te has sentido identificada …

¡Recuerda que nunca es tarde para salir de las garras invisibles de la culpabilidad!

Y si no … ¡mírame a mí!

Al tomar conciencia, ya has dado el primer paso.

Bájate ahora tu recordatorio y póntelo allí donde lo veas a menudo. Obsérvate y detecta cuándo te frena la culpabilidad.

Y…¡Prepárate para hacer la madre de tu responsabilidad!


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Anna Rosa Martínez

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